Historia de la fundación de la ciudad de Trinidad, Cuba

Trinidad: un don del cielo:

Trinidad constituye un excepcional testimonio de época. Deambular por sus calles constituye un sorprendente viaje al pasado. La Villa de la Santísima Trinidad fue fundada a finales de 1514 a orillas del Rio Arimao cerca de la Bahía de Jagua, amplia rada cuyas bondades fue ampliamente aprovechada por los conquistadores españoles.

A mediados de 1515 ya se encontraba en su actual emplazamiento, en la cercanía del poblado indígena de Manzanillo, lugar al que tuvieron que mudarse los primeros habitantes puesto que los lavaderos de oro quedaban para entonces muy cerca de aquí, en un poblado además con la mayor cantidad de indios en Cuba.

La concentración de gran número de indios utilizados en la extracción de oro fue la causa de que Trinidad se convirtiera en el asentamiento más próspero de Cuba en los primeros años. Los primeros vecinos de Trinidad alcanzarían renombre hacia la primera mitad del siglo XVI por ser acaudalados encomenderos.

Trinidad se encuentra situada en un privilegiado asentamiento, escogido en tiempos remotos por la población prehispánica. La ciudad descansa sobre la falda de una elevación. El emplazamiento final de la ciudad tuvo un motivo militar y económico. Desde la vigía se atisbaba el horizonte para conocer la procedencia de los buques que atisbaban a tierra, en son de paz o guerra. La ciudad señoreaba en el Caribe por el constante intercambio sostenido con las naciones vinculadas a dicha cuenca.

En comparación con el resto de las villas primitivas, su jurisdicción territorial era pequeña, restringida por el límite natural que representaron las montañas y el mar. De su territorio original se desgajó el de Cienfuegos, ciudad fundada en 1819 en la proximidad de la bahía de Jagua y en la cercanía del sitio donde fue establecida Trinidad en 1514.

El descubrimiento de tierras más ricas en el continente y el afán de lo desconocido de los primeros pobladores de Trinidad, unido a la poca motivación para permanecer y el poco rendimiento de las minas de oro, hicieron que estos huyeran de estas tierras desde muy temprano, entre otros motivos debido a las rebeliones constantes de los indígenas, por los abusos que se cometían contra ellos.

Entre 1530 y 1540 se intenta sin éxito refundir las villas de Trinidad y Sancti Spíritus puesto que Trinidad había sido prácticamente abandonada por los españoles y había quedado en poder de los pobladores autóctonos y de los primeros criollos, hijos de los españoles con las indias, a lo que los vecinos se oponen por haber residido en esa villa desde que la isla se pobló.

La autonomía de Trinidad se prolongó alrededor de unos 40 años, cuando en 1585 ocurre un repoblamiento de españoles, año en el cual se abre el primer libro de bautizos de la Iglesia Parroquial.

Hacia 1620, Trinidad contaba con 150 vecinos, sobre todo descendientes de indios y mulatos, pero poco se conoce de estos primeros tiempos, pues este asentamiento, al igual que muchos del interior del país no era de interés para los gobernantes. Como consecuencia de ello, Trinidad tuvo que aplicar un modelo de desarrollo endógeno, debido a la cerrada política comercial de la época y se exacerbó el comercio de contrabando, que fue la principal actividad económica durante el siglo XVII y gran parte del siguiente.

El contrabando tomó tanta fuerza en la ciudad que ya se había convertido en un asunto público, lo cual llegó a oídos de la corona, que ordenó trasladar la villa hacia Jagua, donde debía construirse un castillo a la entrada de la bahía para combatir a los piratas y el contrabando, pero el cambio nunca se efectuó por la resistencia de los vecinos y las consecuencias de la destrucción de la Villa de Remedios, también en proceso de traslado hacia un sitio al interior de la provincia. Los desmanes cometidos contra Remedios, salvaron a Trinidad de sufrir igual suerte.

En el siglo XVII se desarrolló la ganadería y el tabaco, el cual se cultivaba de acuerdo con las tradiciones y consejos de las poblaciones autóctonas. Para el siglo XVIII, el tabaco se convertiría en el principal rubro de la actividad económica de la ciudad, aunque la actividad que verdaderamente contribuyó a la acumulación de capitales fue precisamente el contrabando. Dada la cercanía de la isla de Jamaica, capturada por los ingleses en 1655, los trinitarios solicitaron patentes de corso para defenderse de los enemigos de España. En la segunda mitad del siglo XVII, los habitantes de Trinidadarmaron una flota corsaria de cierta envergadura, aunque su verdadero objetivo era darle salida al tabaco, los cueros, las salazones y el ganado en pie. Con el excedente de capital que acumularon con estas actividades, favorecieron el fomento de la industria azucarera, fuente principal de la riqueza de la región.

En 1778 se habilitó el puerto de Casilda para el comercio con España desde Trinidad y años más tarde fue autorizada la introducción de esclavos y maquinarias para ingenios. A partir de 1820 principia el gran ascenso económico, estabilizado alrededor de treinta años, período en el que se consolidarían las grandes fortunas locales. En 1846, Trinidad alcanzó las cifras de producción azucarera más alta de su historia, a la vez que se veía el florecimiento económico en la ciudad sobre todo en sus recientes casas renovadas y la brillante arquitectura trinitaria del siglo XIX.

Con la aparición de la producción del azúcar de remolacha y el abaratamiento de los costos de esta producción en Europa, las deudas de los productores cubanos aumentaban, sobre todo por la férrea competencia que el viejo continente hacía. Esto trajo la ruina a los productores trinitarios, proceso que vino a agravarse con la guerra del 68 y las teas incendiarias a que estaban expuestos estos campos de cañas. En 1860 existían 44 ingenios, sin embargo, al concluir la guerra solamente quedaban 16.

Al expirar el siglo XIX, la llegada del norteamericano Edwin Atkins abriría otra etapa en la historia azucarera de la zona, con la creación del central Trinidad, controlado por TheTrinidad SugarCompany. En 1895, el central Trinidad se nutría de las colonias cañeras situadas a su alrededor.

Aislada del resto del país –la carretera que la une a Sancti Spíritus se terminó en 1954 y la de Cienfuegos fue inaugurada en 1959- sin recursos con que modificar sus viejas casas, el empedrado de sus calles, su fisonomía histórica quedó detenida en el tiempo, lo que ha estimulado a batallar por su conservación a generaciones de trinitarios. El 10 de octubre de 1978 la vieja población fue declarada Monumento Nacional y el 8 de diciembre de 1988, la UNESCO le concedió a la Ciudad de Trinidad y su Valle de los Ingenios la categoría de Patrimonio de la Humanidad.

Trinidad: ciudad patrimonial por excelencia

Ninguna ciudad de Cuba da una impresión visual más encantadora que Trinidad; sus calles trazadas a cordel, sus viviendas regulares, sus empedrados y sus amplias aceras le dan un aire de limpieza. Su Plaza de Armas, lugar de paseo común, no está adornada como la de La Habana por la fachada del Palacio de los Capitanes Generales ni por el suntuoso hotel del Conde Santovenia, pero las reales casas de los señores Cantero, Alejo Iznaga, Juan Guillermo Bécquer, Roque de Lara y Gabriel Suárez del Villar pueden parangonarse hasta con los bellos monumentos habaneros mencionados, y también el palacio de mármol que el Conde de Casa Brunethizo traer de Burdeos, un día en que se sentía aburrido.

En fin, quizás sea Trinidad, comparativamente, la ciudad más opulenta de la isla. Sus campiñas están cubiertas de amplios ingenios en los cuales se extraen los trece millones de kilogramos de azúcar que exporta anualmente.

La configuración originaria de Trinidad fue muy distinta. En los siglos XVI y XVII, el antiquísimo hospicio de los franciscanos estaba ubicado en la actual plazoleta del Calvario, antes denominada del Javial, entonces de gran importancia urbana. Desde dicha plazoleta nacieron las dos calles estructurantes de Trinidad.

En una de las esquinas de la Plaza del Jigüe se construyó el edificio del Cabildo y Cárcel, como fue usual en las plazas mayores de las ciudades fundadas a principios del siglo XVI, en la que también la Iglesia Parroquial ocupaba uno de sus costados, sin embargo, la Iglesia Parroquial de Trinidad se encuentra en otra plaza.

Cerca de esta plaza existió una pequeña iglesia donada a los franciscanos y demolida al erigirse el templo de la Consolación en 1813. Se podría considerar que la iglesia de la Consolación fue la primitiva parroquial, destruida por un ataque de piratas en 1675 y fabricada de mampostería y tejas en el costado de una nueva plaza, creada para servirle de atrio, denominada de la iglesia Parroquial y hoy considerada como la Mayor.

En la segunda mitad del siglo XVII, el centro de la villa se desplazó hacia la actual Plaza Mayor, presidida por la nueva parroquial, inaugurada en 1692 y demolida en 1867. Dicha plaza tiene una rara configuración, difícilmente comprensible por comparación con modelo teórico y solo explicable por ser el resultado de una praxis urbana centenaria.

En un inicio, la facha de la iglesia no estaba orientada hacia la plaza, sino que se hallaba de costado. No solo la iglesia se encontraba de lado, sino que las viviendas de su entorno, salvo las situadas al sur también estaban de costado, con las fachadas de ingreso hacia las calles que conducen a la plaza. Esta peculiaridad, excepcional a nuestros ojos, fue la manera usual en que se dispusieron las plazas y edificaciones en los primeros siglos, cuando no existía la noción de dignidad urbana aportada por la ilustración.

La transformación de este importante espacio tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIX, cuando abandona su aspecto rural y tiene una entidad propiamente urbana. Las viviendas giran sus frentes hacia la plaza al igual que la iglesia, otorgando protagonismo al aspecto público devenido en parque de recreo. La excepcional conservación de las edificaciones y del ambiente urbano de la Plaza Mayor de Trinidad, refrenda el sentido de tiempo y de lugar del sitio considerado como el más genuino de Cuba y del Caribe.

En la segunda mitad del siglo XVIII, Trinidad sufre un intenso proceso de rectificación de las principales imperfecciones de su trazado, mucho más irregular que el que ha llegado a nuestros días. A fines de dicha centuria, un incendio de grandes proporciones destruyó gran parte del barrio de Santa Ana.

La disposición medieval de Trinidad, con un núcleo en forma de medialuna en el que confluyen calles de distinto ancho, sin paralelismo y sin respeto por el lógico eje de esquina, no es una traición al lógico orden de las calles que predominan en las ciudades hispanoamericanas, ni la adopción consciente del modelo irregular, sino la lógica consecuencia de su desarrollo peculiar histórico.

La carencia de un plano de fundación, el carácter secundario de una población que no mereció la protección de fortificaciones (cuya filosofía se encuentra aliada al trazado regular de la ciudad), y la ausencia, por tanto, de las figuras de los ingenieros militares, responsables directos de la ortogonalidad de las ciudades del Caribe, explican la disposición en “tela de araña” de las calles.

A más de conservar las huellas del trazado originario, con sus incurvaciones, quiebres y desigualdades, en Trinidad se ha mantenido el empedrado de las calles, las aceras con ladrillos o losas bremesas (procedentes de Bremen) y otros elementos del amoblamiento urbano, lo que le confiere al centro histórico un alto grado de autenticidad y valor patrimonial.

Arquitectura religiosa:

En Trinidad, por localizarse esta ciudad en un terreno áspero para la construcción, desde el comienzo los edificadores de la urbe tuvieron que desarrollar técnicas propias que hacen de este lugar un enclave único en el país.

Pese a la antigüedad de la ciudad, apenas quedan iglesias de los tiempos primitivos, modificadas, transformadas y reconstruidas durante el siglo XIX al calor del auge económico derivado del desarrollo de la industria azucarera.

Al derribarse la primitiva parroquial se inició la construcción de un templo neoclásico, uno de los primeros del país, con un pórtico de seis columnas y torre a cada lado. El nuevo templo tenía su fachada hacia la plaza. Poco después, de manera inexplicable, la obra se detuvo. Se suceden diversos proyectos, hasta que en 1867 se puso la primera piedra de la iglesia finalmente terminada en 1892. Por su compleja y bien fabricada falsa bóveda, la amplitud de sus cinco naves y la correcta composición de la fachada de la Santísima Trinidad resultó ser uno de los templos más notables de Cuba.

La Iglesia de la Santísima Trinidad cuenta con bellísimos altares construidos por el padre Amadeo Fiogere en las primeras décadas del siglo XX, con maderas cubanas preciosas según modelos góticos. Tiene imágenes procedentes de la primitiva iglesia parroquial, de la iglesia de San Francisco, de donaciones de familias de la ciudad, pinturas de gran mérito, objetos decorativos, manteles de altares, mantas de vírgenes confeccionadas por damas de antaño y muebles de gran valor.

ArquitecturaCivil:

La erección de edificios civiles como la aduana, ayuntamientos, rentas públicas, mercados, hospitales, cárceles, teatros y otros similares, cuyos proyectos fueron realizados por ingenieros militares formados en academias, fue una de las más importantes vías de penetración del neoclasicismo, la tendencia dominante en el siglo XIX, momento del mayor auge constructivo de la ciudad.

Trinidad tuvo la suerte de contar con proyectos realizados por notables ingenieros como lo fueron Manuel Pastor, Francisco de Alvear y otros. Para el año 1827 casi todas las calles de la ciudad estaban empedradas y los trinitarios disfrutaban de dos plazas de recreo, de tres plazas vinculadas a edificios civiles o militares, del alumbrado de gas, del gran Aljibe del Rey –primer acueducto de la ciudad-, del servicio de recogida de basuras, de un cuerpo de serenos, del periódico local llamado “El Correo de Trinidad”, del suntuoso Teatro Brunet, de edificios de administración y gobierno, de cuarteles, cárcel y casa de beneficencia, de hospitales, hoteles, escuelas públicas y privadas y numerosos establecimientos artesanales, comerciales y de servicios para dar respuesta a las más disímiles necesidades. Las costumbres cambiaron y la ciudad se transformó en una ciudad moderna.

Arquitectura doméstica:

En el proceso de evolución de la casa trinitaria es posible reconocer cuatro fisonomías bien definidas: temprana o pre-barroca, en la que se utilizan recursos derivados de la tradición hispánica renacentista-mudéjar, desde los inicios de la construcción de casas de mampostería hacia 1725 hasta 1790, aproximadamente. Hacia mediados del siglo XVIII se incorporan motivos de inspiración barroca en los tableros de las puertas.

Del despegue económico o barroca, período que se extiende desde finales del XVIII hasta 1825 aproximadamente, y en el que predominan temas cuyo diseño prefiere las líneas quebradas como se observan en los aleros de tornapuntas, las puertas con talla rococó, las rejas mixtilíneas y los arcos lobulados y conopiales.

Del florecimiento azucarero o neoclásica: momento del esplendor urbano y arquitectónico de la ciudad, vinculado a una interpretación local de motivos clasicistas y que se inicia hacia 1825 aproximadamente. Del siglo XX o ecléctica: comprende los modelos construidos entre 1910 y 1925 bajo la influencia de temas historicistas interpretados de modo popular.

En la mayoría de las villas primitivas las primeras viviendas de mampostería y techos de madera cubiertos con tejas aparecen al unísono o un poco después de que la parroquial Mayor se fabricara con materiales sólidos. La dilatada construcción de estos edificios estuvo a cargo de maestros alarifes y carpinteros que también actuaron sobre las moradas de los vecinos.

El hecho de enfrentar las fábricas de las parroquiales de un modo definitivo es también índice de estabilidad económica y territorial de las villas por lo que estas iglesias representan el hito material que marca el momento del despegue socioeconómico de las localidades.

En el caso de Trinidad, donde las más antiguas viviendas de mampostería datan de las primeras décadas del XVIII, cuando la ciudad se sentía lo suficientemente fuerte para pedir nuevas “patentes de corso” a cambio de la erección de una batería a la entrada del Río Guaurabo.

La vivienda principal era una estructura simple, de una sola nave, generalmente con techos de colgadizo o de una sola vertiente. El patio de tierra, no pavimentado, usado para la crianza de animales domésticos y la siembra de hortalizas, árboles frutales y plantas medicinales y ornamentales. Son estructuras que reflejan el tránsito de lo rural a lo propiamente urbano alcanzado como consecuencia de un larguísimo proceso de evolución y transformaciones arquitectónicas.

Hacia 1725 se construyen las primeras grandes moradas, exponente de la versión criolla hispanomudéjar. Son casonas de treinta metros de frente por cuarenta metros de fondo, de una planta, pertenecientes a los miembros de la oligarquía local que asumen el modelo distributivo de las plantas altas de las casas de dos, referencia de la arquitectura doméstica temprana que solo quedan exponentes en La Habana Vieja. Dichas casa cuentan con una gran nave al frente, cubiertas con techos de armaduras de madera, distribuida en tres espacios destinados a sala, con sus aposentos a cada lado; seguidamente una galería, abierta al patio, que hacía las veces de comedor.

Por el lado del patio, otra nave llegaba hasta el fondo del solar, también flanqueada por un corredor o galería, sostenido en horcones de madera. Por sus fachadas, las casas tempranas presentan una sencilla composición. Se distinguen por los aleros de tejaroz, sardinel o filetes y las rejas de barrotes para proteger los vanos de las ventanas. La puerta de entrada, siempre de mayores dimensiones que el resto de los vanos, es del tipo a la española, con sus grandes clavos de hierro o bronce. Casi siempre se encuentra a mediación del vano, lo que significa que originalmente esas puertas carecieron de marcos y giraban sobre pivotes. Por excepción, la puerta principal se guarnece con sencillas pilastras que destacan la entrada.

A diferencia de La Habana y su área de influencia, las habitaciones de dormir o alcobas dan a la calle. Son casas de grandes espacios y pocas habitaciones. Sus moradores no tenían nuestro sentido de la privacidad. Si se trataba de familias pudientes, en la alcoba principal dormía el matrimonio en cama junto a los numerosos hijos que se colocaban en catre, abiertos en la noche y colocados detrás de los armarios por el día.
También las recámaras se utilizaron como dormitorios para miembros adultos de la familia. Los esclavos, pocos en número, se ubicaban en los colgadizos y dependencias construidas en el solar o aledañas a la vivienda principal. Convivían padres, hijos, parientes cercanos, clientela y servidumbre. No fueron utilizadas estas viviendas como almacenes y fue poco frecuente el inquilinato.

En los techos y las puertas se concentró el esfuerzo carpintero de las viviendas del siglo XVIII. En los primeros, se destacan ejemplares configurados con los atributos típicos: estribados dobles, molduras soleras y solerillasabilletadas, canes dobles y sencillos en pico de loro y tirantes con lacerías triangulares, en casos, voladas. Excepcionales plafones de madera y vigas labradas dan fe de la pericia alcanzada por los artesanos locales.

Después de la habilitación del puerto de Casilda en 1778 para el comercio con los de España se advierte un cambio de orientación artística por la penetración de elementos derivados de un barroco popular que perduran hasta bien avanzado el siglo XIX. La casa, en esencia, sigue siendo la misma pero adapta de modo constante el esquema de las dos naves delanteras. En las fachadas desaparecen los aleros tradicionales y se generaliza el de tornapuntas que, en casos, persiste con los que se impondrán en el siglo XIX, dando origen a versiones de marcado sabor local.

Aparecen los corredores en las fachadas, especies de balcones bajos, accesibles desde la calle y que contribuyeron a salvar los desniveles entre estas y los terrenos de asentamiento de las viviendas. Los conopiales, mixtilíneos y lobulados, rezagos del gótico final que el barroco hace suyo, se enseñorean de vanos, arcos y ventanas.

La reutilización de recursos ornamentales de vieja estirpe se completa en Trinidad con la evolución de las techumbres, en particular, de las lacerías. En los techos se mantiene la tradición de las armaduras de madera de par e hilera, pero se simplifican y ofrecen con estribados simples, canes simples y, por lo general, con un solo ranurado en los bordes de las piezas de madera. El tirante alcanza gran destaque. El tema del lazo en estrella es retomado para el centro de los tirantes y también aparecen diseños en forma de cestería. Los lazos forman una especie de celosía y la decoración se apodera de todo el maderamen con diseños vegetales, florales y sinuosos.

Finalmente aparecen las tiendas esquineras, evidente respuesta al incremento comercial, y las primeras casas de dos plantas con hermosos balconajes de madera, sostenidos sobre canes y cubiertos con tejadillos.

El neoclasicismo, corriente estilística que nos llega en la decimonovena centuria y que es acogida con calor dado el auge económico propiciado por el desarrollo del azúcar, afecta primeramente a los edificios públicos –religiosos o civiles- y después, hacia 1825 en adelante es asumido por las viviendas. Pero en las villas primitivas se inserta sobre un tipo local de muy definidas características, lo que le da origen a pintorescas soluciones. En estas viejas ciudades jamás se llegan a adoptar los recursos ortodoxos del estilo, y no es hasta los mediados del siglo XIX en que se pronuncia tímidamente los recursos de un neoclasicismo de escuela, proceso del que Trinidad quedó al margen, pues precisamente en dicha etapa tuvo lugar la fractura económica de la región y, por consecuencia, la parálisis constructiva de la ciudad.

A lo anterior se añade algo de sumo interés. El neoclasicismo entra a nuestro país por tres vías fundamentales: la una, por los edificios fabricados por los ingenieros militares formados en escuela; la dos, por los maestros de obra franceses, que a principios de siglo trabajaban en las más importantes ciudades del país; y la tres, por la vía de la muy peculiar interpretación maderera de temas neoclásicos transmitidas desde los Estados Unidos de América, país con el que se tuvo un intenso contacto desde fines del siglo XVIII y que tuvo un papel de metrópoli cultural tan importante como el de España, al menos durante la primera mitad del siglo XIX.

La cocina encuentra un lugar definitivo en uno de los martillos y alcanza protagonismo con su inmenso fogón cubierto con campanas, sus hornos y utilerías. El zaguán se incorpora en casas de excepción y, salvo contadas excepciones, se ubica a un costado de la vivienda, de modo que se dispone de dos entradas: una, de acceso a la sala enfrentada al patio, y otra, a modo de cochera, que desemboca en la galería o directamente en el patio, centro organizativo de la casa y principal factor de su ornato realzado con plantas, macetas, canteros, rejas, fuentes, bancos, glorietas, brocales de aljibes, escalinatas y esculturas. Las galerías que lo circundan se protegen con mediopuntos de persianas en abanicos con espléndidos espejos de luz.

Además de representar el pulmón de las viviendas, los patios también sirvieron para almacenar, en los aljibes construidos bajo tierra, las aguas de lluvia recogidas a través de las canales, aprovechando la vertiente de los tejados que, a modo de grandes embudos, confluyen hacia su centro.
En el primer tercio del siglo XIX se erigen imponentes edificaciones de dos plantas, calificadas justamente como palacios, en los que se concilian la tradición y la modernidad. Carentes de entresuelos, en los bajos se ubican almacenes, oficinas y dependencias para los esclavos, y en los altos, la vivienda propiamente dicha. En estas casas palaciegas -ya de una planta, ya de dos- una elevada torre mirador, como en los tiempos medievales, expresan la importancia de sus moradores.

Los techos se simplifican, aparecen los planos, de azoteas, pero también se mantienen los de armadura, sin los atributos de los mudéjares, adornados tan solo por neoclásicos plafones colocados en los tirantes, cuyas vigas se ocultaron con tablones de madera, lisos, limpios y pintados de colores pasteles. Se generaliza la decoración mural, hábil recurso que ocultó la pobreza de aparejo de nuestros muros. Las puertas se colorean con tintes en tonos contrastantes. Otras se elaboran de la preciada caoba, con hermosos acabados a mano, que le otorgan un luminosos reflejo en los pisos de mármol o en los grises de losas bremesas, así llamados por venir en barcos procedentes de Bremen atracados en el puerto de Casilda.

Aparecen las mamparas de cristales, propiciadoras de intimidad sin afectar la necesaria brisa y la imprescindible luz, versión barroca de los preciosos biombos del siglo anterior. Esta trascendente renovación estuvo sostenida, en gran medida, por la sustitución de la madera por el hierro en numerosos elementos: rejas, balconajes, antepechos, cancelas, barandas, tornapuntas, emparrillados de balconajes, escaleras y un sinnúmero de elementos complementarios entre los que sobresalen los portafaroles y los faroles. Como suplemento, las casas contaron con un suntuoso mobiliario hoy expuestos en museos y, en casos, conservados en las viviendas de trinitarios.

De la conjugación entre el tipo criollo local, de raíz hispanomudéjar, la renovación formal neoclásica de inspiración francesa y la penetración de las soluciones norteamericanas emerge una variante doméstica, ajustada a nuestro clima y circunstancias que puede calificarse, sin duda alguna, de cubana.

Sin lugar a dudas, los visitantes podrán encontrar en Trinidad de Cuba, una ciudad que ha resistido a los embates del tiempo y ha sabido llegar a nuestros años de modernidad con un aire desafiante. La “Ciudad Museo” de Cuba abre sus puertas y ventanas a todos los visitantes que la quieran reconquistar, como en los tiempos remotos hacían quienes quedaban enamorados de su belleza y su paisaje encantador. En Trinidad, usted podrá vivir de primera mano una sensación única, si comparte con los habitantes de la ciudad en sus casas con numerosos estilos arquitectónicos. Nuestra web te invita a rentar una de estas casas y experimentar la vida de los trinitarios, quienes se mantienen fieles al paso del tiempo y prefieren exponer sus tesoros a aquellos curiosos visitantes amantes de la cultura y el patrimonio mundial.

Arquitectura Industrial y Vernácula:

Rodeada de colinas, cruzada por numerosos ríos, cubierta de fincas y adornadas de palmas reales, la ciudad de Trinidad ofrece el más bello paisaje que pueda imaginarse. La fertilidad y dulzura del Valle de Trinidad fue en tiempos inmemoriales, centro de una riqueza sin igual.

El Valle de San Luis o de los Ingenios constituye un extraordinario reservorio nacional en el que subsisten importantes testimonio del esplendor azucarero de la primera mitad del siglo XIX, con su carga de luces y de sombras, únicos exponentes de las instalaciones fabriles de lo que pudiéramos llamar la etapa pre-clásica del desarrollo de la industria azucarera como son las estructuras de soporte del tren jamaiquino o francés del ingenio San Isidro de los Destiladeros, evidencia de la temprana adopción del sistema en el valle trinitario, torres de ingenios de elegante porte como las de San Isidro y la muy famosa de Manaca Iznaga, restos de sistemas de acueductos, fábricas de los antiguos ingenios, reductos o bastiones para la custodia militar del territorio por el temor a una sublevación de esclavos o a un pronunciamiento de sus amos en contra de España, viejos senderos, cementerios, líneas de ferrocarril, puentes, represas, casas de viviendas, naves de esclavos y otros muchos exponentes en interminables relaciones de evidencias que se enmarcan en un extraordinario paisaje natural.

Dentro del diverso patrimonio construido del Valle de los Ingenios, se destaca el poblado de San Pedro de Palmarejo, refugio de los esclavos procedentes de los desaparecidos ingenios de la zona como consecuencia de la crisis de plantación y la transformación de los ingenios en centrales y de los esclavos en obreros agrícolas en el mejor de los casos. Sam Pedro, viejo enclave a la vera del camino de Trinidad a Sancti Spíritus se transformó en el último tercio del siglo XIX en un poblado de bohíos de tabla o de embarrado que ha llegado a nuestros días como un excepcional testimonio de formas de vida del pasado.

Patrimonio Intangible:

La principal ocupación de la mujer en la etapa colonial fue el gobierno de la casa, papel secundario desde donde las féminas ejercieron un control absoluto de la vida familiar. Largas horas dedicaban las mujeres en las casa a practicar el bordado y la elaboración de tejidos para vestir camas, mesas, canapés, imágenes religiosas, el atuendo personal, las toallas, en fin, todo lo que complementaba los rituales de la vida doméstica y familiar, tradición que ha llegado viva a nuestros días.

Los bordados y tejidos traen a nosotros una de las aristas más sensibles de la cultura nacional y es el rol de la mujer en el hogar y el sentido de la familia para el cubano, integrada no solo por los vinculados por la sangre, sino por todos los que conforman su entorno afectivo en la comunidad. La criolla manera de nuestras relaciones humanas, en la que perviven valores de muy vieja data, transmitidos por vía de mujer, es uno de los fundamentos de nuestra identidad.


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